Enero, fue Maduro.
Febrero , El Mencho.
Hay momentos en la historia en que un país toca fondo y, desde ahí, toma la decisión de levantarse.
Estados Unidos vivió ese momento el 20 de enero de 2025, cuando Donald Trump volvió a jurar sobre la Biblia Lincoln y prometió, con la misma convicción de siempre pero con una urgencia renovada, que América volvería a ser grande. Hoy, en la víspera de su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso —transmitido en vivo el 24 de febrero de 2026— el balance habla por sí solo. No en términos de retórica, sino en números duros, en cuerpos capturados, en fronteras selladas y en bolsillos que vuelven a sentir el peso de los dólares que merecen.
Enero: La Caída de Maduro y el Regreso de la Doctrina Monroe
El año arrancó con un operativo que sacudió a todo el hemisferio occidental. El 3 de enero de 2026, 200 soldados estadounidenses y 150 aeronaves ejecutaron una operación quirúrgica en Caracas que resultó en la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. El dictador venezolano, quien había resistido décadas de sanciones y presiones internacionales, fue trasladado a Nueva York para enfrentar cargos de narcotráfico y terrorismo ante la justicia federal estadounidense.
La operación no fue un acto impulsivo. Fue la culminación de una estrategia meticulosamente diseñada que incluyó la Operación “Southern Spear”, el despliegue del Grupo de Listo Anfibio Iwo Jima desde Norfolk, Virginia, y meses de presión diplomática, militar y económica que progresivamente estrangularon al régimen. Trump lo comparó, con razón, con la ejecución del general iraní Qasem Soleimani durante su primer mandato, y con la Operación Midnight Hammer contra la infraestructura nuclear de Irán en el verano de 2025. En todos los casos, el mensaje fue el mismo: la fuerza de Estados Unidos no es bluf.
El significado geopolítico de la captura de Maduro trasciende Venezuela. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 había declarado explícitamente que “después de años de negligencia, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental.” Con Maduro esposado y en suelo norteamericano, ese documento dejó de ser papel mojado para convertirse en la nueva realidad del continente. El eje Cuba-Nicaragua-Venezuela, que durante décadas sirvió como base de operaciones para el narcotráfico, el dinero ruso y la influencia china, quedó decapitado en su eslabón más visible. China, que había prestado más dinero al régimen venezolano que cualquier otro adversario de Estados Unidos, vio cómo sus diplomáticos en Caracas no alcanzaron a salir del país antes de que comenzara la operación. El mensaje hacia Pekín fue deliberado e inequívoco.
Febrero: El Fin del Mencho y la Guerra Total contra los Cárteles
Si enero fue el mes de Venezuela, febrero escribió otro capítulo que muchos creían imposible. El domingo 22 de febrero de 2026, el ejército mexicano ejecutó un operativo en Tapalpa, Jalisco, que resultó en la muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, conocido en el mundo del crimen como “El Mencho”, líder indiscutible del Cártel Jalisco Nueva Generación —el CJNG— y uno de los narcotraficantes más buscados del planeta.
Lo que hizo posible ese resultado fue una campaña de 13 meses de presión sistemática e incesante por parte de la administración Trump. El primer día de su segundo mandato, Trump firmó una orden ejecutiva designando al CJNG y a otros cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, una clasificación que desbloqueó recursos de inteligencia de nivel militar, la posibilidad de persecuciones penales por “apoyo material” y una coordinación sin precedentes entre el Comando Norte de Estados Unidos y el ejército mexicano. El 27 de febrero de 2025, la fiscal general Pam Bondi anunció la extradición de 29 líderes de alto rango de cárteles mexicanos, incluyendo a Antonio Oseguera Cervantes, hermano de El Mencho, conocido como “Tony Montana”. El 7 de marzo, el hijo de El Mencho y heredero designado, Rubén Oseguera-González, alias “El Menchito”, fue condenado en Washington, D.C., a cadena perpetua más 30 años, con una orden de confiscación de activos por $6 mil millones de dólares. Y apenas 72 horas antes del operativo en Tapalpa, el Tesoro de Estados Unidos sancionó al Kovay Gardens, un resort controlado por el CJNG en Puerto Vallarta, cortando una fuente de ingresos de $300 millones de dólares que alimentaba la estructura financiera del cártel.
Para finales de 2025, la DEA reportó haber confiscado 47 millones de pastillas de fentanilo —suficientes para representar más de 369 millones de dosis letales— procedentes de redes de contrabando carteleras, incluyendo el CJNG. Las aprehensiones mensuales de fentanilo en la frontera suroeste cayeron a la mitad en el primer semestre de 2025 comparadas con años anteriores. La estrategia de “eliminación total” que Trump diseñó junto con el Secretario de Estado Marco Rubio no fue un golpe de suerte, fue la consecuencia lógica de tratar el problema del narcotráfico con la seriedad que merece: como una amenaza existencial a la seguridad nacional, no como un asunto de relaciones exteriores a negociar con guantes blancos.
La Geopolítica del Hemisferio: El Continente que Volvió a Entender Quién Manda
La influencia de Trump en el continente americano durante el último año ha sido de una magnitud que no se veía desde los tiempos de la Guerra Fría.
Las apprehensiones en la frontera sur cayeron un 87% entre octubre de 2024 y octubre de 2025. El Departamento de Seguridad Nacional elevó el presupuesto de ICE en un 400%, lo que permitió reportar un récord de 600,000 deportaciones para diciembre de 2025.
El Departamento de Estado firmó siete acuerdos de Tercer País Seguro, facilitando deportaciones a Belize, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Panamá y Paraguay. Cuando Panamá se resistió, Trump amenazó con tomar el control del Canal, y Panamá cedió, aceptando recibir deportados extranjeros. El Salvador, bajo el liderazgo de Nayib Bukele —aliado estratégico de Trump—, aceptó recibir a cientos de deportados venezolanos en su célebre megacárcel, a cambio de $6 millones de dólares en asistencia.
Las reacciones en América Latina al operativo venezolano fueron un termómetro perfecto del nuevo orden hemisférico.
Los países que viven bajo el peso de décadas de caudillismo y dependencia ideológica de Caracas reaccionaron con condena o silencio. Pero Argentina, Ecuador, El Salvador, Paraguay y otros socios alineados con Washington celebraron lo que Trump llamó “limpiar el vecindario”. La llamada “Doctrina Trump” —una actualización muscular de la Doctrina Monroe— demostró que no era retórica de campaña, sino política de Estado con dientes. Washington no solo volvió a hablar: volvió a actuar.
La Economía desde abajo: El trabajador primero
Uno de los pilares más sólidos del discurso de Trump siempre ha sido la economía real, aquella que se mide no en los índices de Wall Street sino en el tanque de gasolina, en la factura del supermercado, en el sobre de nómina de un trabajador en Texas, Ohio o Florida. Y en ese terreno, los números del último año cuentan una historia genuinamente alentadora.
La inflación, que bajo la era Biden alcanzó un pico del 9.1% en junio de 2022 —el nivel más alto desde 1981—, se situó en el 3% en enero de 2025 cuando Trump asumió el cargo, y ha continuado moderándose. La inflación núcleo —que excluye alimentos y energía y que los economistas consideran el mejor indicador de tendencias estructurales— alcanzó su nivel más bajo en casi cinco años a finales de 2025, muy por debajo de las expectativas del consenso de 62 economistas encuestados por Bloomberg. La Casa Blanca resume el resultado con precisión: la tasa de inflación ha caído aproximadamente un 70% desde su pico histórico bajo Biden.
Los precios de la gasolina son quizás el dato más tangible para el ciudadano de a pie. Bajo Biden, los precios del combustible alcanzaron máximos históricos, incluso después de que su administración drenara las reservas estratégicas para manipular artificialmente el mercado. Bajo Trump, los precios de la gasolina han caído a su promedio más bajo en 1,682 días.
En 36 estados, el precio por galón bajó de $3 dólares. En 20 estados, de $2.75 dólares. Y en 5 estados, de $2.50 dólares.
Las familias estadounidenses están en camino de gastar la proporción más baja de su ingreso disponible en gasolina de los últimos dos décadas.
En materia salarial, el contraste con el período anterior es contundente. Durante los cuatro años de Biden, los trabajadores estadounidenses perdieron más de $2,900 dólares en poder adquisitivo real porque la inflación superó al crecimiento salarial mes a mes. En el segundo mandato de Trump, los salarios reales han crecido casi un 4%, lo que equivale a cerca de $700 dólares adicionales de poder adquisitivo —y la proyección apunta a $1,200 dólares al cierre de su primer año completo en el cargo.
La tasa de participación laboral en el grupo de edad “prime” —personas entre 25 y 54 años— subió de 83.5% en enero de 2025 a 84.1% en enero de 2026. Trump firmó la legislación fiscal más ambiciosa en la historia moderna de Estados Unidos, incluyendo la eliminación del impuesto sobre las propinas, la eliminación del impuesto sobre el tiempo extra, y la eliminación del impuesto sobre el Seguro Social. Estas no son abstracciones contables: son miles de dólares anuales adicionales en el bolsillo de los trabajadores que más los necesitan, los que cobran por hora y los que dependen de su esfuerzo físico para llegar a fin de mes.
El PIB de Estados Unidos creció a una tasa anualizada del 3.8% en el segundo trimestre de 2025 y del 4.4% en el tercero, después de la turbulencia arancelaria del primer trimestre. Las empresas han comprometido inversiones por trillones de dólares en operaciones en suelo estadounidense, generando cientos de miles de empleos en sectores manufactureros y tecnológicos. Hoy hay más personas trabajando en Estados Unidos que en cualquier momento de la historia del país.
La Política Exterior que no le cuesta al contribuyente
Una de las críticas más persistentes a la política exterior estadounidense de las últimas décadas ha sido su costo descomunal. Las guerras de Afganistán e Irak costaron más de $2 billones de dólares entre ambas, sin contar el precio pagado en vidas y en credibilidad global. Trump entendió algo que sus antecesores ignoraron deliberadamente: una política exterior fuerte no tiene que ser necesariamente cara para el contribuyente si se estructura correctamente.
En la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio de 2025, los aliados acordaron elevar su gasto en defensa al 5% de su PIB —más del doble del objetivo anterior. El Secretario de Estado Marco Rubio fue explícito en el significado de este logro: “La OTAN está ahora mucho mejor posicionada para proyectar poder militar, diplomático y económico.” Lo que significa, en términos prácticos, que Europa pagará más de $1 billón de dólares adicionales anuales para su propia defensa antes de 2035, aliviando la carga sobre el presupuesto estadounidense. Esto no es abandono de aliados; es exigir que los aliados cumplan con su parte del trato.
En Medio Oriente, Trump negoció un alto al fuego en Gaza que los medios de Tel Aviv y The Times of Israel atribuyeron directamente a su equipo. La negociación, liderada por el enviado especial Steve Witkoff, evitó una escalada mayor en una región que llevaba décadas a punto de explotar. En junio de 2025, la Operación Midnight Hammer destruyó infraestructura nuclear iraní —resolviendo con fuerza calculada un problema que una generación entera de diplomáticos no pudo resolver con palabras. Y no comprometió tropas en tierra ni abrió un frente de ocupación que drenar al Tesoro durante décadas.
En Venezuela, el costo de la operación que capturó a Maduro fue infinitamente menor que el costo de permitir que ese régimen siguiera siendo plataforma de fentanilo, dinero ruso y expansionismo chino en el patio trasero de América. Trump no invirtió en reconstruir un país destruido por el socialismo; invirtió en restablecer el orden hemisférico, y exigió que el petróleo venezolano —las mayores reservas probadas del mundo— esté disponible para el mercado bajo condiciones que beneficien a Estados Unidos. Esto no es imperialismo; es sentido común económico con alcance estratégico.
La Paz que se gana con firmeza , No con ruegos
Hay una paradoja que Trump ha encarnado de manera más coherente que cualquier otro presidente reciente: la paz duradera no se negocia desde la debilidad, sino que se impone desde la fuerza. Durante décadas, la política exterior estadounidense oscilo entre el intervencionismo costoso y la ingenuidad diplomática. Trump encontró una tercera vía: la presencia disuasiva combinada con la voluntad demostrada de actuar cuando es necesario.
Las tensiones con Rusia en Ucrania no escalaron hacia una guerra directa entre potencias nucleares, en parte porque Trump estableció desde el primer día que no enviaría tropas de paz y que esperaba que Europa asumiera la mayor carga financiera y militar de ese conflicto. Esa claridad de posición —aunque incómoda para muchos en Bruselas— evitó la ambigüedad estratégica que históricamente ha sido la semilla de los conflictos más catastróficos. Las fronteras del caos se gestionan mejor cuando el adversario no tiene dudas sobre hasta dónde llega tu tolerancia y dónde comienza tu respuesta.
En el hemisferio, la combinación de las designaciones terroristas a los cárteles, las huelgas contra embarcaciones de narcotráfico en el Caribe, la presión sobre Colombia, México y los países de tránsito, y finalmente el operativo en Venezuela, enviaron un mensaje que ninguna cumbre diplomática habría podido transmitir con igual efectividad: el desorden tiene consecuencias, y las consecuencias llegan con uniforme.
Rubio y el “Secretario de Guerra”: El mejor equipo en décadas
Detrás de Trump existe un equipo que pocos gobiernos en la historia reciente de Estados Unidos han podido igualar en coherencia ideológica y eficacia operativa. Marco Rubio, como Secretario de Estado, ha demostrado ser el arquitecto diplomático que Trump necesitaba para traducir su instinto geopolítico en estrategia ejecutable. Hijo de inmigrantes cubanos que conoce en carne propia el precio del totalitarismo en América Latina, Rubio ha diseñado la presión sobre Venezuela, Cuba y Nicaragua con una precisión que combina la dureza del America First con la visión de largo plazo del hemisferio libre. Bloomberg lo definió recientemente como la figura que ha logrado que tanto los nacionalistas de America First como los neoconservadores encuentren algo que celebrar en la política exterior de esta administración —una síntesis políticamente brillante y estratégicamente eficaz.
Pete Hegseth, al frente del Departamento que él mismo ha insistido en llamar “Departamento de Guerra”, ha impuesto lo que prometió: el retorno del ethos guerrero a una institución que durante años fue sometida a experimentos ideológicos que corroían su cohesión. El músculo militar que ejecutó el operativo en Venezuela, que mantuvo la presencia disuasiva en el Caribe durante la Operación Southern Spear, y que coordina con el Comando Norte la presión contra los cárteles, es el producto de una institución que volvió a tener claridad sobre su propósito.
Juntos, Rubio y Hegseth forman el binomio de política exterior e interior más funcional que Washington ha visto en generaciones. Uno habla el idioma de los estadistas; el otro habla el idioma de los combatientes. Trump habla el idioma del pueblo. Y los tres hablan el idioma de los resultados.
El Estado de la Unión: Una nación que volvió a confiar en Sí misma
Cuando Donald Trump se pare esta noche ante el Congreso, no estará leyendo un discurso escrito por consultores para quedar bien en los titulares de la mañana siguiente. Estará reportando ante sus empleadores —el pueblo americano— los resultados de un año de gobierno que ha reconfigurado el mapa geopolítico del continente, ha devuelto poder adquisitivo a la clase trabajadora, ha sellado la frontera más porosa de la historia reciente, y ha demostrado al mundo que Estados Unidos no ha perdido ni su voluntad ni su capacidad de actuar.
Enero fue el mes de Maduro.
Febrero fue el mes del Mencho.
Y cada uno de esos meses representa no solo una victoria táctica, sino la confirmación de una doctrina: que la seguridad de América empieza en su hemisferio, que los aliados pagan su parte, que el trabajador importa más que el lobista, y que la paz —la verdadera, la duradera— se construye desde una posición de fortaleza que el adversario respeta porque no tiene otra opción.
El estado de la Unión, al cierre del primer año completo del segundo mandato de Trump, es este: una nación más segura, más fuerte, con más dinero en el bolsillo de quien trabaja, con menos veneno cruzando su frontera, con menos dictadores en el continente, y con un mensaje claro hacia el resto del mundo. América volvió.
Y esta vez, llegó para quedarse.
Fuentes: USAFacts State of the Union 2026, Casa Blanca, Departamento de Estado de EE.UU., AS/COA, Atlantic Council, Foreign Affairs, Axios, CNN, PBS, Fox News.*

