Donald Trump comprendió algo que muchos líderes occidentales se negaron a aceptar durante décadas: la geopolítica del siglo XXI se construye con infraestructura. Puertos, carreteras, energía, logística, tecnología. Por eso, su respuesta al proyecto chino de la Franja y la Ruta no es retórica ni moralista.
Es estructural.
Hubo un tiempo en que la palabra multilateralismo resonaba como la piedra angular de la diplomacia global: Naciones Unidas, tratados de cooperación, conferencias climáticas, agendas comunes para el desarrollo, foros económicos donde los gobiernos parecían dialogar como iguales. Esa era, en realidad, fue breve. Hoy asistimos al entierro de ese siglo de ilusiones compartidas y al nacimiento de un nuevo orden sustentado en intereses nacionales explícitos, repartos de poder y alianzas calculadas.
La muerte del globalismo implica, en el fondo, el reconocimiento explícito del fracaso del modelo neoliberal estadounidense y de las instituciones que lo sostuvieron durante décadas. No fracasó solo como esquema económico, sino como arquitectura política incapaz de traducir crecimiento financiero en cohesión social, infraestructura real y estabilidad geopolítica. Frente a un desarrollismo chino que entendió el poder como capacidad de construir, conectar y planificar a largo plazo, el neoliberalismo occidental quedó atrapado en la desregulación, la financiarización y la erosión del Estado. El colapso del globalismo obliga, por tanto, a un rediseño completo del aparato institucional: uno que vuelva a poner al Estado, la inversión productiva y la infraestructura estratégica en el centro del poder, no como ideología, sino como condición material para competir en el siglo XXI.
El mundo ya no se organiza en organismos universales donde todos fingen estar representados bajo un ideal de consenso. Bajo la administración de Donald Trump, Estados Unidos ha consumado un repliegue histórico del sistema multilateral clásico. A inicios de enero, la Casa Blanca firmó un memorando presidencial que ordena la retirada del país de 66 organizaciones internacionales con las que durante décadas participó, financió o suscribió acuerdos. Entre ellas se encuentran 31 entidades vinculadas directamente al sistema de Naciones Unidas y otros 35 foros fuera de la ONU, relacionados con clima, salud, migración y desarrollo.
Estas salidas no son gestos retóricos. Estados Unidos fue durante años el principal sostén financiero de organismos como la Organización Mundial de la Salud, el Fondo de Población de la ONU, la Convención Marco sobre Cambio Climático y múltiples mecanismos que, con todas sus fallas, operaban como plataformas de negociación global. La retirada implica miles de millones de dólares que dejan de alimentar esa arquitectura, desplazando el eje de la cooperación internacional hacia esquemas selectivos, condicionales y estratégicos.
El Consejo de Paz: la arquitectura del nuevo orden
En ese vacío deliberado surge el Consejo de Paz, lanzado por Donald Trump el 22 de enero de 2026. No se trata de una reforma cosmética ni de una extensión del sistema existente, sino de una ruptura frontal. El Consejo nace como una estructura paralela a la ONU, diseñada para gestionar conflictos, reconstrucción e influencia geopolítica bajo una lógica distinta: no igualdad soberana, sino capacidad real de aportación, inversión y cumplimiento.
La regla es simple y brutalmente clara: los países que aspiren a participar de forma permanente deben aportar alrededor de 1,000 millones de dólares en su primer año. Estados Unidos preside, define la agenda y conserva un peso decisorio central. No hay retórica universalista ni promesas abstractas. Hay recursos, compromisos y resultados.
Este Consejo no busca representar al mundo entero. Busca organizarlo. Y lo hace convocando a actores clave de distintas regiones, seleccionados no por principios morales, sino por su valor estratégico, su estabilidad interna y su capacidad de ejecutar proyectos.
Un nuevo Yalta, aquí y ahora
No estamos ante una transición ambigua ni gradual. Estamos frente a un nuevo Yalta.
No firmado en salones ceremoniales ni anunciado como tal, pero real, operativo y vigente.
El mundo entra en una etapa multipolar con roles definidos:
Estados Unidos consolida su liderazgo en América y redefine su influencia global desde la inversión y la seguridad.
China se concentra en Asia y en la expansión de su red económica y logística en África .
Rusia asume un papel determinante en Eurasia, articulando equilibrios con Estados Unidos y África.
No es un reparto ideológico. Es un reparto funcional del poder. Y quienes no estén sentados a la mesa, simplemente quedarán fuera del reparto.
México: del aislamiento diplomático al aislamiento estratégico
En este nuevo tablero, México no solo queda fuera: queda aislado.
Y no por falta de tamaño, ubicación o relevancia histórica, sino por una responsabilidad que hoy resulta imposible de ignorar: su profunda implicación en el tráfico internacional de drogas y la conversión progresiva del aparato del Estado en una extensión funcional del crimen organizado.
Cuando un gobierno deja de combatir a los cárteles y termina gobernando con ellos —o para ellos—, pierde automáticamente legitimidad estratégica. No hay Consejo de Paz, no hay arquitectura de seguridad, no hay esquema de inversión que pueda integrar a un Estado capturado. México queda, así, excluido de este nuevo sistema de seguridad y cooperación, no por razones ideológicas, sino por inviabilidad estructural.
La justicia transaccional que hoy define la geopolítica —intercambio de inversión, infraestructura, seguridad y estabilidad— no admite socios que exportan violencia, drogas e impunidad. En este contexto, México deja de ser actor y pasa a ser problema.
Canadá y el otro multilateralismo
El contraste es evidente. Mientras México se ahoga en su propio colapso institucional, Canadá impulsa un nuevo multilateralismo pragmático, alejado del dogma y cercano al interés estratégico. Sus recientes acercamientos a China y Qatar no son gestos diplomáticos vacíos, sino movimientos calculados para insertarse en la nueva lógica global: diversificación de alianzas, acceso a inversión, energía, infraestructura y seguridad.
Canadá entiende que el multilateralismo del siglo XXI no se predica: se ejecuta. Y se ejecuta con proyectos, capital, acuerdos claros y credibilidad institucional.
Infraestructura como poder
Donald Trump comprendió algo que muchos líderes occidentales se negaron a aceptar durante décadas: la geopolítica del siglo XXI se construye con infraestructura. Puertos, carreteras, energía, logística, tecnología. Por eso, su respuesta al proyecto chino de la Franja y la Ruta no es retórica ni moralista. Es estructural.
El Consejo de Paz no es solo un instrumento diplomático. Es un vehículo de inversión estratégica, una plataforma para competir con China en el terreno que realmente importa: quién construye, quién financia y quién conecta al mundo.
El mundo después del multilateralismo occidental y
El multilateralismo clásico ha muerto. No por maldad ni por conspiración, sino por ineficacia. En su lugar emerge un orden más duro, más honesto y más transaccional, donde el poder se mide en capacidad de invertir, garantizar seguridad y cumplir acuerdos.
El Consejo de Paz de Donald Trump es el primer gran artefacto de ese mundo nuevo. No es universal, no es igualitario, no es idealista. Es funcional. Y es, sin ambigüedades, el reflejo de una nueva era.
Quien no entienda esta lógica quedará relegado a discursos vacíos.
Quien no tenga peso real, no tendrá asiento.
Y quien no construya infraestructura, no construirá poder.
El tablero del siglo XXI ya está en juego.
Y el nuevo Yalta, nos guste o no, ya ocurrió Y no hay tiempo para nostalgia.



